Wednesday, May 13, 2015

Un Joven Llamado Alejandro

Foto: http://caminandolapampa.blogspot.com.ar/2014/08/san-emilio-buenos-aires-argentina.html
Un Joven Llamado Alejandro

  Saladillo es el nombre de un pueblo grande―muy viejo―que queda ciento veinte millas al

sudeste de la ciudad de Buenos Aires, país de  Argentina, S. A.

  Los primeros misioneros para llevar el evangelio allí fueron enfrentados con fuerte opresión,

burla y piedras. Así comenzó nuestra campaña de carpa, en que varias personas se dedicaron a

Cristo y a la “nueva vida”. Fueron unos de los más perversos; hacían negocios en trata de

personas, emborrachamiento y pecados similares. Fueron los de más vil reputación en ese

pueblo. Sin Cristo se hubieran quedado así.

  Una se llamaba doña Rosa. Ello llego a la reunión por primera vez vestida completamente de

negro. Llevaba pañuelo de cabeza negro, chal negro y vestido negro. Se podía ver en el lado

derecho de su falda densamente juntada la punta horrorosa de un cuchillo grande. Ella tenía una

mirada penetrante y su único ojo era más oscuro que la medianoche. Con razón: ella vino del

mundo oscuro de trata de personas. Y por algo más llevaba el cuchillo. Como compraba y vendía

muchachas inocentes y hasta niñas, siempre estaba en peligro de ser asesinada. Y los que la

oponían estaban en más peligro aun.

  Otro se llamaba Juan Iturri. Como no le satisfacía llevarse la hija de quince años de una pobre

familia, quien luego murió después del nacimiento de su hijo, sedujo a la hermana de su mujer

fallecida a vivir con él. Pero él se negó a casarse con ella porque quería asegurarse de que ella le

iba a ser una buena ama de casa. Y no le preocupaba que ya tenían cuatro hijos. Su quinto hijo se

les había muerto una noche por ser ahogado entre sus padres en una cama demasiada estrecha.

  Otro se llamaba Rufino Paez, quien vivía en unión libre con una mujer. Tenían cuatro hijos

chiquitos. Rufino pensó que su mujer tenía diecinueve años y que era menor de edad (veintidós

es la edad núbil en Argentina), pero cuando se dedicaron a Cristo y les aconsejamos cazarse, él

se asombro cuando se dio cuenta que ella tenía veintinueve años. Este descubrimiento casi

impidió el casamiento. Y ¡era una boda maravillosa! Mientras mi esposo iba con Rufino a

conseguir la partida de matrimonio y a investigar de la partida de nacimiento de su esposa, yo

hice un pastel y cuidé a sus cuatro hijos. Yo también había fabricado un nuevo vestido para la

novia. ¡Se casaron! Luego disfrutamos una cena de boda. Todo esto paso en el puesto de misión

donde vivían los misioneros.

  Y otro se llamaba don Fructuoso Moreira. Era un descendiente orgulloso de Juan Moreira, uno

de los viejos guerreros argentinos de hace mucho tiempo, quien sentía la sangre del guerrero en

sus venas, pero no cuando le tocaba trabajar para proveer para su familia. Así que su esposa tuvo

que lavar y planchar ropa para ganarse la vida mientras él se relajaba en casa, soñando de batirse

en duelo con cualquiera que lo cruzaría; especialmente si miraran a su Felisa, a quién fingía

amar, aunque no la apoyaba económicamente.

  Llevamos el evangelio a tales personas después de desembarcarnos en Argentina hace muchos

  En la  casa que arrendábamos había una sala de reuniones, una sala de recibir, una alcoba, un

comedor, un cuartito que no ocupábamos y una cocina. Los pisos eran hechos de tablones anchos

de madera áspera, excepto los pisos en el comedor y en la cocina. El piso del comedor era

irregular y era hecho de ladrillos quebrados. La cocina no tenía piso porque era un adobe sin

puerta con solamente una entrada y un piso de tierra. En la parte posterior había una parrilla para

carbón; con el cual cocinábamos. Las ventanas de los otros cuartos estaban enrejadas  y las

puertas de doble hoja de los cuartos exteriores fueron serradas cada noche con poner una barra

grande de hierro a través de ellas. No teníamos baño.  Una letrina (como las de hace muchos

años) estaba en la parte más trasera de la propiedad.

  Los muebles (una mesa pequeña y tres sillas) habían sido comprados de segundas, los cuales

pusimos en la sala de recibir. Las cajas (para los pocos libros que poseíamos) fueron usadas para

una biblioteca en la misma sala. Los muebles de nuestra alcoba incluían un armazón de cama de 

hierro con un colchón de lana, una cuna para nuestra hija de seis meses y cajas de madera con la

función de armario con una cortina de cretona que sirvió para una puerta.

  Hay muchas ovejas en Argentina porque es un país herboso. Los colchones son fabricados de

lana. Uno compra la lana por libra y contrata un “colchonero” quien fabrica los colchones. De

vez en cuando, cuando los colchones se ponen tan duros como el piso, uno contracta al

“colchonero” de nuevo, quien, por cardar la lana, hace que los colchones sean como nuevos.

Entretanto la tela para el colchón se habrá sido lavada, la lana puesta adentro y después cosida

otra vez para usar por otro rato.

  En el comedor teníamos una mesa y sillas, y usábamos cajas ahí también porque eran muy

útiles para construir un armario de porcelana, que contenía los pocos platos que habíamos

comprado en una ferretería cercana a la casa. La cocina en el adobe ni siquiera estaba amueblada.

  Esta era nuestra primera casa.

  Al frente de la casa estaba un agujero de barro que solamente se secaba en los largos y

calurosos meses de verano. Ahí vivían miles de mosquitos. Muchas veces un perro o un marrano

se caía allí y lo hacía su sepulcro.  Los del pueblo no se molestaban con sacarlos

  Después de no mucho tiempo nos acomodamos en nuestro nuevo hogar y empezamos a conocer

a la gente. El estudio del idioma ocupaba un papel importante de nuestras vidas, porque si uno va

a ser efectivo en obrar como misionero en cualquier país, es muy necesario adquirir un

conocimiento cabal del idioma hablado por la gente, para poder anunciarles el mensaje del

evangelio en su propio idioma y en la manera más eficaz y entendible posible. 

  Una tarde, cuando solamente habíamos estado en el país por unas semanas,  se nos vino a la

puerta una anciana. La acompañaba un joven. Ella llevaba un pañuelo blanco y negro amarrado

en la cabeza. Su vestido había sido una vez negro, pero ahora tenía un color verdoso por muchas

lavadas y por ser colgado en el abrasador sol argentino. Hablaba español con dificultad. El joven

a su lado—pobremente vestido—no tenía nada que decir. La anciana tomo la iniciativa en la

  “Mi nombre es doña Fausta de Fanderwud. El joven es mi nieto. Soy Protestánte. Era la única

Protestánte en este pueblo antes que vinieran. Vine aquí hace varios años de Holanda. Me vine

aquí porque me dijeron que aquí me iba a ser fácil ganarme la vida, pues este es un país de

mucho ganado, mucha pradera y pocos habitantes. Me di cuenta que no es cierto, porque ahora

estoy prácticamente desvalida; no tengo suficientes recursos con que vivir. Tuve una hija

hermosa. Se enamoro de un argentino. De este amorío”, miro al joven, “nació él. Ahora tiene

catorce años. Mi hija se murió cuando él tuvo nueve años. Se murió de un corazón roto y

tuberculosis; ambos causados por la desilusión que tuvo en su vida.  Su padre nunca vino para

ver a su hijo ni lo reconoció ante la ley. Por eso el joven tiene mi apellido. No tiene otro. Su

nombre es Alejandro Fanderwud”.

  El joven―parado a su lado―había mirado el suelo mientras hablaba la abuela. Era bastante

alto para su edad. Pero era de tez amarillenta y su pecho estaba hundido. Parecía que ya se le

había pegado la enfermedad que le había matado a su mamá: tuberculosis.

  Los invitamos a entrar a la casa para continuar la conversación. Ella continuaba la historia

mientras entrábamos a la casa.

  “Se nos resulto bien costoso vivir aquí. Y ahora estamos casi desvalidos: sin lugar adonde ir.

Por eso estoy aquí. ¿Podríamos vivir aquí con ustedes? Tengo un armazón de cama de hierro y

un colchón: para mi nieto tengo un catre. Estoy segura que no les seríamos una molestia. Yo les

podría ayudar con hacer la limpieza de la casa y con cuidar a su bebe, mientras estudien el

español y hagan visitas pastorales. Mi nieto trabaja unas horas cada día en una ferretería cerca de

aquí. Se gana unos pesos a la semana y eso es más o menos suficiente para nuestras necesidades

personales e inmediatas, pero no es suficiente para comida ni para un sitio para dormir”.

  Nuestros corazones fueron profundamente conmovidos al encontrar a una cristiana lejos de su

hogar y muy necesitada. Entonces les invitamos (a la anciana, doña Fausta,  y a su nieto,

Alejandro) vivir con nosotros.

  Doña Fausta trajo el armazón de cama, el colchón y el catre a nuestra casa y se acomodaron en

el cuartito desocupado (que antes no había sido amueblado), entre la sala de reuniones y el

comedor. Puso una caja de madera al lado de su cama; sobre la cual colocó su Biblia e himnario. 

Ella había puesto una cubierta de tela (que ella misma había fabricado) en su Biblia e himnario

para protegerlos, porque los usaba mucho, pues era una cristiana devota.

  Un lunes después de cenar nos dimos cuenta de cómo sería vivir bajo el mismo techo que ellos.

El muchacho había comido apresuradamente y en silencio. Cuando había terminado, dijo: “¿Con

su permiso”? y se levantó de la mesa. La abuela parecía tener vergüenza y estar poco molestada

por el comportamiento y actitud de su nieto.

  Con el tiempo Alejandro pasó menos y menos tiempo en casa. No sabíamos adónde íba. Su

abuelita tampoco sabía. Y cuando le preguntábamos del lugar adónde iba, se enojaba con la

abuela, y luego se ponía deprimido y triste―casi inconsciente de que pasaba a su alrededor. Pero

  Entresemana teníamos una reunión de oración en nuestro comedor. Quince a veinte creyentes,

quienes habían sido los “primeros frutos” del evangelio, se reunían fielmente cada miércoles para

oración y testimonios. En una de estas reuniones―unos meses después de nuestra llegada a

Argentina―doña Fausta―agobiada y llorando―pidió oración por su nieto.

  “Oren por Alejandrito.”; (así lo llamaba con cariño), “Él no quiere venir a las reuniones de

oración. Ni siquiera quiere ir a la escuela dominical. Tiene solamente quince años, pero ya

frecuenta la cantina, que queda cerca de aquí. Me supongo que está allá ahora”.

  Cuando tomó asiento, todos estábamos llorando. No creo que nadie se dio cuenta de los

ladrillos fríos e incómodos cuando nos arrodillamos para interceder por Alejandro.

  Nos turnamos para orar. Cada corazón estaba apesadumbrado. Después de orar nos paramos

para irnos. Todos se asombraron al encontrar que Alejandro estaba parado en la puerta entre su

cuarto y el comedor (en el cual estábamos). Su cabeza estaba inclinada. Cuando levanto su

cabeza todavía tenía esa expresión triste que lo había caracterizado desde nuestro primer

encuentro con él. Los hermanos se fueron uno por uno, dándonos la mano y diciendo: “Buenas

noches, buenas noches.”. Echando una mirada de reojo a su nieto, doña Fausta también se fue a

su cuarto. Solamente quedábamos nosotros y Alejandro; mirándonos el uno al otro.

  Alejandro rompió el silencio. “Me gustaría hablar con ustedes. Sin duda, todo lo que les dijo mi

abuela de mí es verdad. Estoy triste y deprimido. También soy irritable. Y ¿por qué no? Mi

madre se murió cuando tuve nueve añitos. Nunca conocí a mi padre. Él nunca ha venido a

visitarme. Ni siquiera me dio su apellido. Tengo el apellido de mi abuela. Así que no tengo

madre, padre, hogar, educación ni apellido, y tengo muy poca salud. En otras palabras, soy un

don nadie. Pero tengo un deseo: quiero conocer a Jesús como mi Salvador. Una vez en la escuela

dominical, después de la muerte de mi madre, acepté a Cristo, pero no lo he seguido. Quiero

  Nos arrodillamos y oramos con Alejandro en un rincón del comedor. El Espíritu del Dios

viviente estaba ahí. Jesús lo recibió, porque en humildad de corazón y soledad de espíritu clamo

  Cada día, después de regresar del trabajo, Alejandro se reunía con nosotros para leer la Palabra

de Dios y orar. El progreso de su vida cristiana no era muy rápido por su naturaleza, pues era

impetuoso, desanimado y melancólico.

  Pero un día llegó a contarnos de una experiencia extraña que había tenido cuando regresaba del

trabajo. “Estuve caminando por la calle, cuando, de repente, sentí un golpecito en mi hombro y

oí una voz decirme calladamente: ‘Alejandro, ¡quiero que prediques el Evangelio!’ ¿Será que el

Señor me esté llamando a predicar”? (No teníamos instituto bíblico en aquella época; ni siquiera

había sido mencionado.) Mi esposo le dijo que el Samuel de la Biblia había sido hablado por

Dios en una manera similar y que debería orar del asunto y estar atento a la vez; lo aseguró que

él también oraría. Pero la misma cosa sucedió en otra ocasión.  “Hoy también estuve caminando

a casa del trabajo,”, dijo Alejandro, “cuando sentí el mismo golpecito en mi hombro y escuche a

alguien decir en una voz baja: ‘Alejandro, quiero que prediques el Evangelio.’ Miré por todo

lado. No vi a nadie”. Nos pusimos de acuerdo que tendría que ser el Señor que le hablaba y le

  Habían pasado veinte meses desde llegar a Argentina para empezar nuestro trabajo misionero.

El Dr. Walter Turnbull, Ministro de Asuntos Exteriores para la Alianza Cristiana & Misionera,

se vino de Nueva York para celebrar una conferencia con los misioneros y para organizar el

campo misionero en Argentina. Hicieron planes para abrir un instituto bíblico para entrenar los

obreros argentinos. Fuimos elegidos para organizar, empezar y dirigir el Instituto Bíblico. Otros

misioneros fueron escogidos para enseñar y para estar en la plantilla.

  Siete jóvenes de los pueblos en que se había predicado el evangelio y en que se habían

establecido puestos de misión, habían testificado que Dios les había llamado al ministerio. En ese

tiempo no había iglesias organizadas ni pastores nacionales.

  Cuando se propuso dejar a Alejandro ser un estudiante del Instituto, los nuevos creyentes y

otros pensaron que era demasiado joven. Tenía dieciséis años y medio en ese tiempo. “No

solamente es muy joven, pero también es demasiado impetuoso y melancólico para ser un

ministro del evangelio. Llevamos menos de dos años viviendo la vida cristiana, pero, de veras, es

una vida feliz, y Alejandro no se ve muy feliz ni está lleno de gozo”, razonaban.

  La confianza que le tenía el misionero quien lo gano para Cristo―mi esposo―y la

confirmación de Alejandro de la llamada de Dios en su vida, causó el consentimiento de los otros

misioneros y creyentes para dejarlo ser parte de la primera clase de futuros obreros cristianos.

Luego el misionero, que lo conocía mejor, prometió ser responsable por él. 

  El nuevo instituto bíblico fue establecido en la ciudad de Azul, unas doscientas millas sur de la

ciudad de Buenos Aires, donde quedaba en ese tiempo la sede central de La Alianza Cristiana &

Misionera en Argentina. El currículo, las reglas y normas y los detalles de la administración de la

vida domestica de los estudiantes fueron decididos y puestos por escrito.  Aunque era un instituto

bíblico, también era el hogar de los muchachos y muchachas que lo asistían.

  A mí me tocaba establecer unas reglas para el hogar; tareas domesticas incluidas. Los

estudiantes las harían cada día. Nadie recibía sueldo por limpiar ni por hacer mantenimiento en el

edificio de los estudiantes y los misioneros, porque casi no había dinero para el instituto. Una

lista de deberes enumerados y los nombres de los estudiantes fue puesta en un tablero de

anuncios mensualmente, durante el año escolar. De este modo los estudiantes turnaron el trabajo

y no se le hacía pesado a nadie.

  El instituto había marchado por varias semanas, cuando un día pasé la puerta de la cocina,

después del almuerzo.  Los estudiantes estaban limpiando la cocina.  De repente vi una escoba

volar por el aire. Luego―a mi asombro―vi un cepillo de fregar zumbar por el aire. Una toalla

también fue tirada antes de que me diera cuenta de lo que estaba pasando.

  Entré a la cocina para averiguar la razón por este comportamiento. Alejandro estaba trabajando

en la cocina ese día. Les dije que ¡las personas, quienes son llamadas al ministerio, no se

capacitaban lanzando escobas y cepillos de fregar hacia otras personas! Los dos otros

muchachos, quienes estaban en la cocina, señalaron a Alejandro―parado en un rincón―con un

dedo acusador y dijeron, “Todo es por culpa de él. ¡Es imposible trabajar con él!”.

  La oficina quedaba en frente de la cocina. Caminaba en esa dirección para quejarme y contarle

a mi esposo del problema en la cocina, cuando me acorde de la resolución que hicimos hace

años, aun antes de tener hijos y antes de vivir en un instituto bíblico: no hablaría con mi esposo

de problemas insignificantes. Los maridos normalmente tienen mucho que hacer y no tienen

tiempo para preocuparse de problemas pequeños.

  Me fui directamente a mi cuarto para orar. Le dije al Señor que seguramente cometimos un

error cuando trajimos a Alejandro al instituto. Con cariño, el Señor me reprendió por mi oración.

Me dijo que quiso que yo tuviera paciencia con Alejandro. El Espíritu me susurró, “Alejandro es

  La mañana siguiente sentí que había encontrado la solución inmediata. Había un trabajo que

Alejandro podía hacer solo. Entonces le di un cuchillo y un balde de papas para pelar. Comíamos

un balde entero de papas cada día. Yo no le dije porque le había cambiado el trabajo. Él sabía. El

próximo mes, cuando hice la lista de tareas domesticas, también le di un trabajo―cortar

leña―que se podía hacer solo. Cocinábamos con leña. Y quedaba otro trabajo aun que se podía

hacer solo. Ese se lo di el tercer mes. Le tocaba llenar el tanque grande encima del edificio, que

proveía agua para todos en el edificio. Con eso se terminó el primer año escolar.

  Durante los meses de verano viajábamos haciendo trabajo evangélico. Alejandro se vino con

nosotros, pues no tenía hogar. Ni siquiera tenía apoyo financiero. Su anciana abuela se había

mudado a la casa de otra familia cristiana en el pueblo en donde la habíamos conocido.

  Recuerdo achicando la ropa que había pertenecido a mi esposo. Achiqué unas camisas, unos

pantalones y un abrigo y se los regale a Alejandro con unas corbatas viejas.

  Alejandro siempre estaba listo y dispuesto a trabajar. Nunca se quejaba de cuan duro era el

trabajo o de cuánto tiempo le tomaba para completarlo.

  Ahorramos suficiente dinero para comprarle una abrazadera para sus hombros. El misionero le

invitaba a salir al patio del instituto y con mucha paciencia le enseñaba las reglas básicas de

respirar correctamente, las cuales no había sabido. “Alejandro, Dios te ha llamado a predicar. No

tienes que morir de tuberculosis como tu madre. Pero tendrás que hacer algo por ello. Ahora

¡ponga tus hombros para atrás y mete tu pecho hacia fuera y respira profundamente!”. Al

principio se quejaba de estar mareado. Pero poco a poco empezó a respirar más profundamente y

tranquilamente. Nos dimos cuenta que, por los ejercicios respiratorios, sus hombros se habían

  Cuando las clases se reanudaron en otoño, le di a Alejandro los mismos tipos de trabajos de

nuevo. Me importaba mantener todo funcionando sin problemas más que poner a prueba la

paciencia de los estudiantes.

  Una mañana, casi al fin del segundo año, Alejandro no bajó para comer el desayuno argentino

de café y pan. En cambio, mandó llamar al director. Toda la noche había dado vueltas en su

cama. “Estoy enfermo; no en mi cuerpo, sino en mi alma. Dios me llamó a predicar; de eso estoy

seguro. Pero estoy deprimido e inclinado a ser melancólico. Sé que no soy nadie, pues no tengo

madre, ni padre, ni hogar, ni educación. Ni siquiera tengo un apellido. Gracias a usted y a la

abrazadera estoy más fuerte físicamente. Pero, he escuchado sus enseñanzas por casi dos años y

nos has dicho que Dios puede transformar a una persona, si está dispuesta y viene a Él; puede

cambiar su personalidad, quitar las fallas y el vacio que tiene por dentro y puede de ellos crear

algo de valor. Si eso lo puede hacer Dios para mi ¡quiero que lo haga”! El misionero le

respondió, “Si, Alejandro, Dios puede hacer algo maravilloso de ti; te puede cambiar a un vaso

  Alejandro se levantó con prisa y se arrodilló para orar. ¡Se entregó a Dios y clamó con toda

sinceridad para la plenitud del Espíritu Santo! Esa mañana algo maravilloso sucedió en esa

habitación en el Instituto Bíblico. Un Jacob se había encontrado con el ángel del Señor. Un Pablo

había viajado por el camino a Damasco y se había encontrado con el Cristo de Dios. Un Pedro

había sido cambiado por Pentecostés.

  No había más problemas con los muchachos en la cocina. Alejandro no era un santo, que

digamos, ni tenía alas de ángeles, pero Alejandro definitivamente se había encontrado con Dios y

todos lo sabían. No había incerteza ni vaguedad de lo que había pasado en la vida de Alejandro.

Su testimonio era simple, seguro y autentico. Su comportamiento dio evidencia de una

  Alejandro era muy joven para graduarse; solamente tenía dieciocho años. También necesitaba

más experiencia. Se consideraba mejor sacarle del instituto por dos años para darle más

experiencia. Puan―un pueblo en la Pampa―fue elegido para ser el primer lugar en donde

empezaría su ministerio. No había iglesia en ese pueblo. Dentro de poco se hizo amigo de chicos

de doce, trece y catorce años y los ganó para Cristo uno por uno. Muchas veces Alejandro

decía―refiriéndose a sus primeras experiencias―que pasaba más tiempo arrodillado ante Dios

que en cualquier otro ministerio.

  Cuando miramos el Distrito Argentino hoy día, vemos muchos quienes fueron ganados para

Cristo siendo muchachitos. Uno de ellos es un hombre muy exitoso de negocios y, a la vez, es

tesorero del campo misionero entero de la Alianza en Argentina. Él hace esto sin cobrar nada.

  Alejandro después regresó al instituto para completar su tercer y último año. Tenía veintiuno

cuando se graduó. El día después de graduarse, se caso con María Lateana, hija de una devota

familia cristiana en la cuidad de Azul y estudiante del instituto.

  Aunque Alejandro empezó a pastorear y era exitoso, se sentía indudablemente la llamada a

viajar como evangelista. La llamada fue confirmada cuando multitudes de personas fueron salvas

bajo su ministerio evangelistero, y se notaba que Dios le había dado el don de evangelismo.

Alejandro quería una Biblia grande para poder llevarla consigo cuando se iría de nosotros. Se la

conseguimos. Y quería una cosa más: una carpa para reuniones. La quería especialmente para los

lugares en donde no se había predicado el evangelio antes. La carpa fue comprada con fondos

mandados  del Grupo Misionero de Oración de Mujeres de la Alianza Cristiana y Misionera en

  Mi esposo y yo muchas veces acompañábamos a Alejandro a algún pueblo para cultos en la

carpa para reuniones. Alquilábamos una alcoba chiquita y colgábamos una cortina en la mitad de

ella para crear dos alcobas. En un lado poníamos una cocina temporal. Siempre llevábamos unas

ollas y platos con nosotros. Alejandro siempre clavaba un clavo en la pared rustica detrás de su

catre y siempre colgaba ahí su “mejor chaqueta, mejor camisa y mejor corbata”―todas fueron

prendas usadas. Se levantaba antes del sol abrazador para sacar las malas hierbas del terreno en

donde iba a estar la carpa de reuniones y después la armaba.

  Después de regresar para tomar un café y comer un pedazo de pan, él se vestía y se salía con su

Biblia y tratados en mano y la sonrisa grande que Dios le había dado para conocer a la gente del

pueblo. Siempre daba la misma cordial invitación en las esquinas de la calle, en los pequeños

negocios, en casas, en plazas de mercado y en edificios públicos: “Vengan al culto en la carpa de

reuniones esta noche. Allí oirán las mejores noticias jamás oídas. Si tan solo las reciban como

algo personal, ellas alegrarán sus corazones y les traerán paz, perdón, gozo y salvación eternal.

Cuando escuchen la música, estaremos empezando el culto.” Antes que se acabara el día, habría

recorrido todo el pueblo a pie.

  Para anunciar los cultos habíamos comprado unos discos―los únicos disponibles en esa época

en Argentina. Uno de ellos―uno de los preferidos―tocaba la canción “Las barras y estrellas

para siempre.”. Era hermosa. La gente no sabía que fue una de nuestras canciones patrióticas

favoritas. Incluso ahora, cuando escucho esa canción, puedo ver a centenares de personas

caminar hacía la carpa para el culto.

  Llegaban por centenares hasta que la carpa estaba completamente llena de gente parada. Había

gente de la parte delantera hasta la calle. Eran gente de toda condición. Pero todos tenían algo en

común: anhelaban a Dios. Y cuando Alejandro empezó a contarles de las maravillas de la gracia

salvadora de Jesucristo, Lo anhelaban más aun. “¿Que es el Evangelio de nuestro Señor y

Salvador, Jesucristo?” fue siempre su primera predicación a los quienes nunca habían oído el

evangelio. La revelación era impresionante y no se puede describir cuan emocionante era ver al

Espíritu Santo bajar sobre este siervo humilde de Dios. A veces, mientras escuchaba, pensé que

mi corazón se me iba a reventar de pleno gozo. Tan reveladoras eran las maravillas de su gracia.

  Las lavanderas estaban sentadas en la parte delantera. Tenían las caras y las manos curtidas y

secas por el trabajo, el sol y el viento. Alejandro les dijo estas palabras suplicantes: “Ustedes

tienen que dedicar su tiempo, desde la salida del sol hasta el atardecer, a fregar ropa en una vieja

tabla de marera. Todo lo que saben de buscar a Dios es buscar a algún ídolo, que ni siquiera tiene

oídos para oír ni ojos para ver. Acepten a mi Cristo. Él perdonará los pecados en sus corazones

afligidos y traerá paz perdurable, gozo inexplicable y salvación real e indisputable a sus vidas.

Entonces ¡ustedes experimentarán la presencia del Cristo viviente mientras frieguen y, mientras

piensen en Èl, verán la gloria de Dios saliendo de la espuma de jabón!”. Inconscientes de las

lágrimas que escurrían por sus caras curtidas y con las manos levantadas, abrieron sus corazones

para dejar entrar allí al Cristo viviente. Y las caras de los hombres parados en el fondo de la

carpa y vestidos de la indumentaria gaucha―botas, bombachas y cinturones de cuero con sus

“falcones”―hacían notar que pensaban que la religión era solamente para las mujeres, y ¡no para

los hombres fuertes de las Pampas!

  A ellos llegaban estas penetrantes palabras habladas con cariño: “Quizás ustedes creen que la

religión es para mujeres y niños porque siempre lo han visto ser así. Tal vez han sido

desilusionados por la única religión que jamás hayan conocido. Acepten a mi Cristo. Esas

tinieblas, que les atan con el temor de vivir y con el temor de morir, se irán cuando se vayan las

sombras y cuando la luz del evangelio entre a sus corazones. Porque Jesús no es una religión: es

una Persona y Él es la Luz que disperse toda oscuridad en el corazón humano.”. Así que muchos

de los fuertes y robustos hombres de la Pampa han llegado a conocer a Jesucristo como su

  En nuestro país el mes de junio es relacionado con un clima bonito y cálido y flores bellas. Para

las personas que viven debajo del ecuador, es un mes frio y oscuro en el invierno. Si aparece el

sol, solamente aparece por unas breves horas, y se va. La leña y el carbón son escasos en

Argentina, entonces la gente se arropa mucho. Cuando hay cultos especiales en las iglesias y

capillas, solamente los que están sumamente interesados asistan.

  “Sin embargo”, nuestro evangelista, hermano Fanderwud, nos escribe desde las frías y ventosas

llanuras lejanas: “capillas y salas están llenas noche tras noche con corazones hambrientos:

algunos buscando la salvación y otros buscando más de Dios. Se ha podido ministrar en más

hogares. Dios está salvando a niños, jóvenes y adultos. ¡El tiempo ha llegado!”. Eso escribió

hace unos días, mientras viajaba por la Pampa con el mensaje de Cristo. ¿Quién puede cerrar los

labios tocados por el fuego de Dios o callar una voz tan sintonizada a Su amor?

  El Evangelio fue llevado a la plaza de la ciudad el domingo por la tarde. Hermano Fanderwud

elevó el Cristo viviente como nunca en una predicación estupenda. Personas llegaron de todas las

calles adyacentes para escucharle. Hay un hotel grande que tiene vistas a la plaza. Un sacerdote

estaba parado en el balcón del segundo piso con la ventana bien abierta.  Había venido de un

pueblo cercano en donde había tenido conversaciones con uno de los pastores argentinos sobre

su deseo de conocer a Cristo como su Salvador personal.

  Inmediatamente después de la reunión, Fanderwud anunció, “Ahora regresaremos a la Iglesia

Evangélica.”. La multitud marchó por la calle. Los cristianos cantaron “Firmes y adelantes,

huestes de la fe.” a, sin exagerar, centenares de personas, quienes nunca habían escuchado canto

cristiano. La sala, la entrada y la vereda estaban llenas de gente. Lo mejor de todo era que

personas encontraron a Cristo. Entre ellas habían dos muchachos de la Acción Católica, quienes

habían sido mandados ahí para ser “espías” (eso confesaron), pero en vez de eso ¡encontraron a

Cristo! Esto era un día normal en el ministerio de este hombre de Dios.

  Este Pablo de los tiempos modernos predicó el evangelio en carpas, teatros, hogares, iglesias,

esquinas de las calles, en plazas públicas, debajo del sol abrazador de la Pampa y en las frías

lluvias del invierno. Predicó por treinta y dos años sin tomarse unas vacaciones. Cuando visitaba

a otro pastor―con la idea de relajarse unos días en otro pueblo―convertía el tiempo de descanso

a un tiempo de predicar antes de haber estado ahí por veinticuatro horas. “Vivo para predicar”

era lo que se le escuchaba decir, mientras que  literalmente se quemaba la vida para Dios.

  La gente al otro lado de los Andes en las republicas cercanas―Chile, Perú y

Ecuador―escucharon de Alejandro y su mensaje extraordinario. Mandaron decir que viniera. Él

  Cuando fue invitado a ministrar en la costa occidental, se vino hasta la ciudad de Buenos Aires.

Él vivía en el interior. Una mañana llego al Instituto Bíblico. Su traje era muy gastado, pero bien

  Con criar a tres niños robustos y con viajes continuos a reuniones con una mesada tan pequeña,

no era extraño que su traje pareciera inadecuado para la ocasión. También, porque él fue el

presidente de la obra―lo había sido por quince años― y evangelista del distrito, tenía que viajar

y ministrar más. Ningún otro nombre fue propuesto y ningún voto fue emitido contra él mientras

  Teníamos un poco de dinero disponible, que no había sido designado para algo específico. Mi

esposo y yo fuimos con Alejandro al centro comercial para comprarle un saco y algunos

pantalones. Al principio no quiso venir con nosotros y dio la escusa: “El traje que tengo no

parece tan mal.”. Lo persuadimos venir con nosotros. Había una rebaja en una de las tiendas

principales que vendía ropa para hombros. Fuimos ahí.

  En la entrada de la tienda había una muestra de un saco barato con los pantalones que costaba

diez dólares. Pero nos fijamos un traje de mejor calidad.  El que miramos valía unos veinte

dólares. Alejandro se había quedado en la entrada para admirar el traje de menos cualidad.

Cuando le mencionamos que habíamos encontrado una buena compra, refiriéndonos al traje de

más calidad, él respondió, “Yo vi uno que valía mucho menos. Es suficientemente bueno.”. No

decidimos comprar ni el más caro ni el más barato. Encontramos un término medio por comprar

uno que valía dieciocho dólares por el traje completo. Luego lo acompañamos al aeropuerto.

  Empezó su tour en Chile. Predicó en todo el país: en las iglesias, en la radio, en las calles y en

las plazas. Fue a Perú, donde ministró de una manera extraordinaria. Después fue a Ecuador.

Hombres y mujeres encontraron a Cristo como su Salvador, como su Santificador y como su

Sanador para sus cuerpos enfermos. 

  Hace poco en una campaña aquí en Los Estados Unidos, un misionero a Ecuador se me acerco

y quiso apretar mi mano, justo cuando yo iba a subir a la plataforma.  “Quiero apretar tu mano.

Tú vienes de la tierra de Alejandro”. Miró a su hijo de doce años y dijo, “Mi hijo estaba muy

enfermo. Una noche se estaba muriendo en las montañas de Ecuador, cuando llegó Alejandro.

Cuando entró el cuarto en donde se moría mi hijo, se arrodilló al lado de la cama y, poniendo las

manos sobre mi hijo, oró por él. Mi hijo fue sanado. Entonces déjame apretar tu mano de nuevo.

Tú vienes de la tierra de Alejandro. ¡Que hombre de Dios!”.

  Subí a la plataforma con sus palabras resonando en mi cabeza. La vieja visión se me presento

de nuevo, ¡“La tierra de Alejandro”! ¡Todavía hay Alejandros viviendo en sombras de pecado y

en una noche eterna, porque los obreros son pocos! Estaba en el tabernáculo del campamento.

Miré hacía el lago y todo lo que pude ver, a través de mis lagrimas, fue “la tierra de Alejandro”.

Hay muchos campos blancos para la siega sin nadie para trabajarlos.

  Alejandro regresó a casa de la costa oeste un domingo por la noche y llegó justo a tiempo para

hablar por el sistema PA a la gente del pueblo en donde nació. Predicó durante las últimas

actividades de la campaña para niños y niñas, que en ese tiempo se llevaba a cabo en la plaza

pública del pueblo. No había nada en su apariencia ni en su forma de ser que indicaba que esa iba

a ser su última predicación a la gente de su pueblo natal.

  Una noche, poco después, llego el llamado “Venga a casa”. “Alejandro está con el Señor.”.

  Fuimos a Saladillo, en donde había vivido Alejandro desde llegar a ser el Presidente del Distrito

y el Evangelista del Distrito y en donde había llegado a nosotros como huérfano, cuando tuvo

catorce años. Era muy temprano. El tren de Buenos Aires llegaba ahí del norte. El tren del sur

extremo también llegaba ahí. Se encontraban en Saladillo. Muchas personas se bajaron de ambos

trenes. Notamos que muchas personas iban por la misma calle―algunas en camiones, algunas en

carros, algunas a caballo, algunas a pie, algunas caminando y algunas corriendo. Nosotros

también íbamos por esa calle. Mientras llegábamos a la casa (casi parecía un granero) ―hogar de

Alejandro y su familia―, hombres y mujeres sacaban sus pañuelos para secarse las lagrimas que

escurrían por sus mejillas. Susurraban casi al unísono mientras entraban a la casa uno por uno:

“Quiero ver a Alejandro. Escuche el evangelio por primera vez cuando predicó en mi pueblo

natal. ¡Nunca lo olvidaré! ¡Cuán grande es el Cristo de Alejandro!”. Muchos de ellos tenían el

mismo testimonio: “Yo acepte a Cristo cuando escuche el mensaje por primera vez, cuando

predicó Alejandro. Quiero vez su rostro de nuevo.”. Estaban parados ahí: hombres, mujeres,

niños y niñas. Fue una multitud de personas. Los cuartos y pasillos, las ventanas y puertas, el

patio y la calle estaban llenos de gente. Sin embargo, fueron solamente algunos de los muchos en

el continente de Sur América quienes, por sus predicaciones y su vida, habían encontrado al

  Si todos los que habían sido salvos por su ministerio hubieran podido estar presentes,

probablemente habrían sido tantos como la populación entera de ese pueblo. Había ministrado en

muchos lugares, incluyendo unas iglesias evangélicas y varios países del hemisferio sur.

  La gente llevó el ataúd a mano desde la casa de los Fanderwud hasta la iglesia, porque preferían

llevarlo así, en vez de dejarlo ser transportado por carro. Los floristas eran incapaces de cumplir

el demande de flores, porque muchos querían coronas de flores. Un funeral se llevó a cabo en su

casa y uno, en la iglesia. Las personas, quienes estaban en los funerales, fueron profundamente

conmovidas mientras escuchaban a algunos de los seres queridos de Fanderwud hablar con el

corazón de la vida de él. Varios jóvenes consagraron sus vidas al servicio del Señor  y dos otras

personas fueron salvas mientras escuchaban los testimonios de hombres y mujeres, quienes

habían sido ganados para Cristo por Fanderwud. “¡Quiero este mismo Cristo que este hombre,

Alejandro, tuvo!”, les escuchamos decir mientras confesaban públicamente a Cristo. Con la

mano puesta en el hombre de su mamá, su hijo mayor dijo: “Madre, ¡papi aún predica!”.

  La impresión que recibí ese día, mientras nos parábamos en esa sala grande y vacía, en donde

estaba este hombre de Dios, siempre quedará conmigo. El ataúd fue una caja simple de pino. No

era elegante. Solamente había estopilla para el revestimiento de su ataúd. (Pompas fúnebres e

entierros en Argentina todavía se hacen en una manera muy primitiva.) No embalsaman ni

maquillan a los muertos. Las tumbas no son muy profundas. La familia tira el primer puñado de

tierra sobre el ataúd mientras que es bajado a la tumba.  Hace poco, solamente los hombres iban

al cementerio cuando habían entierros. Las mujeres se quedaban en casa tras puertas cerradas.

Todavía es así en muchos lugares. Los cristianos fueron los primeros para dejar esta tradición.

  En mi tristeza, mire hacia abajo. El piso árido me dio una bofetada. No había alfombra para

cubrir los  tablones anchos de madera áspera; ni siquiera un tapete. No había alfombra de

bienvenida en la entrada. A mano izquierda estaba el comedor. Las puertas estaban abiertas para

hacer lugar para las personas. Vi una mesa barata en medio de media docena de sillas―tan

baratas como era la mesa. No había nevera ni muebles modernos. A mano derecha estaba la

alcoba en donde había estado Alejandro cuando se fue para estar con el Señor unas horas antes.

La cama era barata también. Ahí también estaba un armario. La esposa de él, María, entró al

cuarto y abrió el armario para sacar su vestido negro. Adentro colgaba el saco que le habíamos

comprado un año antes. A donde iban los codos, se sobresalía. Eso me mostro que, de verdad, el

  Me olvidé de la gente.  Parecía que estaba cara a cara con la vida y sus valores permanentes y

con la muerte―algo muy seguro. Nunca había conocido a alguien tan pobre y tan humilde―sin

madre, sin padre, sin hogar, sin salud y educación y sin ni siquiera un nombre. Siempre vivía en

una casa arrendada. Nunca poseo una cama cómoda para dormir en ella ni una silla decente para

descansar en ella. Ni siquiera tenía una nevera para poder tener agua fría. No vivía con

comodidades ni conveniencias. Hasta el último traje que llevó le fue regalado. El dueño de la

funeraria le dijo a la esposa de Alejandro: “¿Cómo puedo yo cobrar por un hombre así?”.  ¡Fue

enterrado a precio de costo!  Sin embargo, nunca había conocido a alguien tan rico. Por su vida y

mensaje, multitudes de personas han sido sacadas de las sombras a la luz de Dios.

  Porque, de verdad, Dios había tomado a este chico―solo, triste, pobre, vacio, y huérfano―para

salvarle, llenarle de Su Espíritu, darle un nombre y un mensaje y usarle para bendecir a un

continente entero. Lo tomó para llevar centenares de personas a Cristo. ¡Cuán grande es el Cristo

de Alejandro! Cristo llenó su mente y su corazón; llenó hasta su vida y todo su ser. Me acordaba

de lo que decía Alejandro―“Vivo para predicar el evangelio.”―mientras pensaba en el milagro

que pasó cuando este huérfano se convirtió a un príncipe de Dios.

  Las iglesias en Argentina y en todo Sur América sienten profundamente la ausencia de este

humilde y consagrado ministro de la cruz. Su ejemplo y su ministerio han hecho mucho para

asegurar que otros hombres llenos del Espíritu Santo llenen este hueco y, por sus servicios,

traigan gloria a Él, quién Alejandro amaba supremamente. El mismo día que lo enterramos llegó

una carta de Perú con esta invitación urgente: “Regresa a nosotros, Alejandro; Perú te necesita.

¡Perú necesita el evangelio que predicas!”. Doblé la carta y tragué mis lágrimas. Sin embargo,

estábamos seguros que “Dios hace todo bien” y que otros seguirían los pasos de esta vida dada

  Si fueras a visitar el cementerio solitario en el pueblo de Saladillo, encontrarías―al sur extremo

del cementerio―una lápida hermosa de piedra rosada con esta inscripción: “La visión de un

poderoso y glorioso Cristo fue el mensaje vivaz de Alejandro Fanderwud y la predicación de ese

mensaje, la pasión de su vida.”. Y una Biblia abierta―hecha de bronce―adorna su lapida con su

pasaje favorito de Pascua: “Porque yo vivo, vosotros también viviréis.”; del cual, predicó su

última predicación de Pascua por radio en Chile.

  Seis meses después, ésta misma predicación fue traída a Argentina para la convención anual,

que se celebra en Buenos Aires. La predicación fue dada a petición al fin de la convención―el

domingo por la tarde. Esa voz tan reconocida temblaba bajo la unción del Espíritu de Dios.

Llorando y sollozando, montones de las seiscientas o más personas presentes se dirigieron con

prisa al altar; entre ellos, el hijo menor de Fanderwud. Testificó entre sollozos: “El manto de mi

padre cayó sobre mí, mientras escuchaba su voz desde el cielo”. En total, más que cien personas

buscaron al Señor, después de esa predicación. El secreto de una vida tan bien gastada se

encuentra en las palabras del Apóstol  Pablo: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no

vivo yo, mas vive Cristo en mi; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios,

el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.”. El amor de Cristo moró en su corazón y vida; el

Espíritu de Cristo adornó su caminar diario y el poder de Cristo lo usó para bendecir todo un

continente.



El Clamor Misionero

El ser un mensajero de la cruz

A costas extrañas y no conocidas,

Parecería a muchos una pérdida total

De talento, tiempo y ganancia.

Porque muchos son los años dados

Y olvidados por el mundo,

Al traer joyas preciosas a Él quien mandó

Que se desplegara Su bandera.

No dio años solamente, sino que también dio su vida,

Para salvar a ti, a mí y a todos

De muerte y de la eterna tumba de pecado:

¿Quién responderá a la llamada?

A ser uno de los que van

Para impartir el mensaje de Dios

A todas las tierras y costas;

Para que todos sepan del Buen Camino.

-V .F .B.
                                            
-traducido por Kimberly Dickinson de un libro antiguo de unos misioneros a Argentina de la Iglesia Alianza Cristiana

1 comment:

Sherry L Dickinson said...

I couldn't understand this. Just saying. Love, Mom

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